Wamba era curioso, pero le gustaba hacer las cosas a su forma de parecer y solía desmarcarse de la forma de trabajar de Witiza o Roderico.
Él prefería ser más genuino, más autentico, y diferente a los demás. Siempre pensaba que posiblemente se dejaba llevar por la soberbia "sana", como solía decir; pero a pesar de eso, Wamba siempre era un buen tipo.
Una mañana, abandonó la biblioteca, ya que witiza lo acaparaba todo y aún andaba ensimismado, y salió a dar una vuelta por las ruinas. No todo estaba destruido y entre los escombros se adivinaban viejos edificios reflejo de lo que antaño fueron. Entre lo que aún quedaba en pie existía una casa que a Wamba le llamaba poderosamente la atención.
Estaba en una avenida de lo que se creía un barrio en su orígen humilde, pero que con los años fue prosperando poco a poco, más aún si cabe la casa en cuestión. La casa tenía una fachada muy sugerente, y aunque estaba muy descuidada, era digna de admiración. Dos columnas daban la bienvenida a la puerta principal, mientras sostenían un pequeño tejado como paso previo a la entrada de la casa. Las columnas eran enormes y con unos capiteles esculpidos de una forma exquisita.
Sobre el pequeño pórtigo que sostenían las magníficas columnas se encontraban dos especies de ventanales los cuales sostenían unas vidrieras de colores brillantes y vivos. Tal era la luz que desprendían dichos cristales que pareciese que la propia casa miraba frente a frente a quien quiera que quisiera ser su morador.
La parte superior tenía una cierta decoración caótica pero que a su vez era bastante eficiente a la vez que atracativa. Una mezcla de locura y genialidad propias del tesón de un gran albañil y el maravilloso talento de un arquitecto único.
Daba miedo entrar, temiendo que el interior no estuviese a la altura que el exterior.
Wamba entró, vio lo que había dentro, y decidió quedarse allí para siempre.
sábado, marzo 08, 2008
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